Por: MARÍA CAROLINA SÁNCHEZ THORIN, Psicóloga terapeuta.
La explosión y popularización de géneros musicales ha representado para la cultura una de las formas vivas de transmisión de fenómenos políticos, ideológicos y sociales. Es uno de los vehículos expresivos a través del cual ha sido posible la comunicación de posturas y filosofías de vanguardia. En los años sesenta por ejemplo, el fenómeno del rock acompañó de forma significativa el despliegue de la protesta mundial por la paz y la búsqueda de un pensamiento más tolerante y diverso que marcó el hito de toda una generación.
En Latinoamérica como respuesta inicial a la fusión de ritmos caribeños y norte-americanos de urbe, nació el Reggaetón como expresión cultural en los años noventa hasta alcanzar su mayor auge en la actualidad. En Colombia, este género musical se manifiesta mediante ritmos repetitivos a los que se añaden líricas que aluden, en muchas ocasiones a temas asociados con violencia, la promiscuidad, la búsqueda de satisfacción a toda costa, el enriquecimiento como valor, la desvaloración de la mujer y las relaciones humanas. Como expresión cultural responde a un país herido por la violencia, la ilegalidad y por las contradicciones en los valores que trasmitimos a nuestras generaciones jóvenes. Un país teñido por el triunfo del engaño, la corrupción, el general deterioro moral y la no validación de los derechos humanos fundamentales. Algunas manifestaciones del Reggaetón, en una búsqueda aparente de un cambio social, valida e impone a través de sus letras y ritmos monótonos y adhesivos, un estado de desenfreno normativo, de agresión, desilusión, y transgresión en la ética de la vida y creatividad.
La niñez y la adolescencia han sido los cimientos y canales para la propagación de estas expresiones donde se centra de forma natural una necesidad de cambio, una inquietud sobre nuevas perspectivas y confrontación. Nuestros niños y adolescentes parecen “disfrutar” de algunas muestras de éste género musical que como cualquier fenómeno de masa invita a la cohesión y encuentro grupal. Musicalmente habrá que dejar su crítica a los expertos, pero lo que se hace evidente es que la monotonía rítmica y melódica produce neurológicamente un estado de adormecimiento de la consciencia, una búsqueda de su repetición aparte de la importancia del significado patológico de sus mensajes.
¿En qué forma adultos, educadores, padres y guías, estamos construyendo en nuestros niños y jóvenes un criterio sólido frente a una expresión cultural tan fuerte como ésta? ¿Les estamos dando las herramientas de reflexión necesarias para filtrar estos devenires culturales? ¿Somos conscientes del maltrato que se esconde detrás de la exposición a estas manifestaciones? Es cierto que una actitud de prohibición apuntaría a un moralismo censurador que no permite en los niños la capacidad autónoma de decidir y tener un juicio propio, entonces, a qué edad entonces estarían preparados para recibir esta información, si es que lo están el algún momento?
Educadores, padres de familia y profesionales en la salud mental somos testigos de un adormecimiento de los adultos representados en las instituciones de familia y educativas frente a un hecho que observamos impotentes minusvalorándolo como una moda, un hecho sin trascendencia y hasta posiblemente gracioso. En esta pasividad, no identificamos dos aspectos fundamentales: Primero el riesgo y maltrato que algunas de las expresiones de este género pueden tener en los menores, especialmente en forma inconsciente y acompañado de un trasfondo musical que entorpece la consciencia. De esta manera los mensajes de violencia y anti-valores van filtrándose en las mente de los niños y van gestando en el comportamiento grupal una validación a la transgresión de las normas morales fundamentales de convivencia y las facultades de un psiquismo sano que le permita vivir la experiencia del respeto a sí mismo y a los demás.
En segunda instancia, debe tenerse en cuenta la vulneración de los derechos de los niños descritos en la Ley de Infancia y Adolescencia según la cual los niños y adolescentes deben se protegidos de “trasmisiones o publicaciones que atenten contra la integridad moral, psíquica o física de los menores que inciten a la violencia, que hagan apología hechos delictivos o contravenciones, o que contengan descripciones morbosas o pornográficas” (Articulo 47 Código de Infancia y Adolescencia, 2006”). Muchas de las letras que envuelven este tipo de expresiones tienen un contenido explícito de violencia, sexo dentro de un marco no amoroso y promiscuo, ilegalidad y alusión al consumo de drogas psico-activas.
Como adultos estamos en la obligación ética, no de prohibir, pero sí de dar a nuestros hijos, según su edad, la protección y los elementos para el diseño de un criterio, reflexión y discusión sobre el trasfondo y significado de esta manifestación cultural. Proveerlos de otras expresiones artísticas y musicales que generen en ellos un motor de creatividad y expresión constructiva. De esta forma les damos las bases para elaboren mediante un juicio acertado, el rechazo de las actitudes pasivas y destructivas que los convierte en víctimas y gestores de los conocidos espacios de enfermedad mental de nuestro país que tanto lo han vulnerado en los últimos años, como por ejemplo, la frecuencia del suicido en adolescentes. Nuestros hijos tienen derecho a la oportunidad de ser agentes constructores y no destructores, a expresiones culturales, estéticas y sociales que apunten a lo creativo, lo amoroso, a la vida.
Escrito por tilata